Hugo termina su verano paseándose por regiones muy al noreste de la Ciudad de México, en un lugar donde las abundantes leyendas de gárgolas, bolas de fuego y ventanas a otras dimensiones entran en contacto con fiestas de música electrónica, familias ganaderas y comerciantes textileros. Ahí es donde Hugo aprovecha y se avienta un clavado a la gastronomía regional y admira el curado de Avena y ahora se lamenta no haber probado el estómago del borrego preparado al mejor estilo chuchucuacense.